Un nuevo estudio internacional ha confirmado que el único insecto nativo que vive en tierra firme en la Antártida ya está ingiriendo microplásticos. La protagonista es Belgica antarctica, una pequeña mosquita no picasora de apenas unos milímetros de longitud que habita en suelos húmedos de musgo y algas a lo largo de la península antártica. Los resultados, publicados en una revista especializada en medio ambiente, muestran que incluso en uno de los lugares más remotos del planeta la huella del plástico ha llegado hasta la fauna terrestre.
El trabajo, liderado por investigadores de una universidad estadounidense junto con colegas europeos, se planteó dos preguntas principales: cómo afectan los microplásticos a la fisiología de las larvas de Belgica antarctica y si esos fragmentos ya están presentes en ejemplares silvestres recogidos en la naturaleza. Para responderlas, el equipo combinó experimentos de laboratorio con campañas de muestreo en diferentes islas de la región, en las que recolectaron larvas directamente de la tundra antártica.
En el laboratorio, las larvas se expusieron durante varios días a suelos artificiales con distintas concentraciones de microplásticos. Los científicos midieron la supervivencia, parámetros metabólicos básicos y el contenido de grasas, azúcares y proteínas en los tejidos. A primera vista, los resultados parecían tranquilizadores: incluso en los tratamientos con más partículas, las larvas seguían vivas y su metabolismo global no mostraba cambios drásticos. Sin embargo, un análisis más fino reveló una señal de alerta: los niveles de grasa disponible, clave para la energía y la tolerancia al frío, disminuían cuando aumentaba la exposición a microplásticos.
Los autores interpretan esta reducción de reservas energéticas como un posible coste oculto de la contaminación. En un entorno tan extremo como la Antártida, disponer de suficiente grasa permite a las larvas soportar temperaturas muy bajas, periodos de desecación y oscilaciones bruscas de radiación ultravioleta. Si la presencia de microplásticos obliga a destinar más energía a procesos de defensa o dificulta la digestión normal, el insecto podría volverse más vulnerable a otros factores de estrés, incluso aunque su supervivencia inmediata no se vea afectada en los experimentos de corta duración.
La segunda parte del estudio se centró en comprobar si la ingestión de plásticos ya está ocurriendo en el medio natural. Durante una campaña científica reciente, el equipo recolectó larvas de Belgica antarctica en una veintena de puntos repartidos por varias islas de la península antártica. Las muestras se conservaron cuidadosamente para evitar contaminaciones adicionales y se enviaron a un laboratorio europeo especializado en microplásticos, donde se utilizaron técnicas de imagen y análisis químico capaces de identificar partículas de apenas unos micrómetros.
Tras diseccionar decenas de larvas y examinar sus contenidos intestinales, los investigadores encontraron piezas de plástico en una pequeña fracción de los individuos analizados. El número absoluto de fragmentos detectados fue bajo, lo que indica que, por ahora, la contaminación en estos suelos sigue siendo mucho menor que en otros puntos del planeta. Aun así, el hallazgo confirma que los microplásticos ya han penetrado en las cadenas de materia de los ecosistemas terrestres antárticos y que pueden acumularse en organismos que desempeñan un papel clave en el reciclaje de nutrientes del suelo.
Belgica antarctica actúa como un engranaje fundamental en la descomposición de materia orgánica en la Antártida. Sus larvas ayudan a romper restos de plantas y microorganismos, facilitando que los nutrientes vuelvan al suelo y queden disponibles para otros organismos. Si, con el tiempo, la presencia de plásticos altera su fisiología o reduce su capacidad de alimentarse y desarrollarse con normalidad, el impacto podría extenderse al funcionamiento global de estos ecosistemas aparentemente simples pero muy sensibles a los cambios.
El estudio pone de relieve también que la Antártida ya no puede considerarse un espacio completamente aislado de la contaminación humana. Investigaciones previas habían encontrado fibras y fragmentos de plástico en nieve, hielo y aguas cercanas al continente blanco. Los nuevos resultados añaden ahora la evidencia de que la contaminación también está llegando a las comunidades de invertebrados terrestres, pese a que las concentraciones siguen siendo mucho más bajas que en otras regiones del mundo.
Los científicos señalan que las rutas de entrada de los plásticos a la Antártida son múltiples: corrientes oceánicas que transportan residuos desde latitudes más bajas, vientos que mueven microfibras a largas distancias y la propia presencia humana asociada a bases de investigación y tráfico marítimo. Aunque las medidas de gestión ambiental en el continente son estrictas, cualquier incremento en el número de visitantes o en la duración de las campañas podría aumentar la presión sobre estos ecosistemas frágiles.
De cara al futuro, el equipo propone ampliar los experimentos a periodos de exposición más largos y combinar la presencia de microplásticos con otros factores de estrés, como el calentamiento y el secado progresivo del suelo, que ya se observan en algunas zonas de la península antártica. La especie Belgica antarctica, por su distribución limitada y su importancia ecológica, se perfila como un indicador temprano de cómo la contaminación global y el cambio climático se entrelazan incluso en los rincones más remotos del planeta. Para la comunidad científica, seguir su evolución será clave para anticipar impactos y diseñar medidas de protección más eficaces en los polos.
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