Un equipo de investigadores en China desarrolló una versión optimizada del hongo Fusarium venenatum, utilizado para producir micoproteína, un ingrediente rico en proteínas que se emplea como alternativa vegetal a la carne. Mediante herramientas de edición genética de última generación, el grupo consiguió que el microorganismo crezca más rápido, requiera menos nutrientes y genere una biomasa con propiedades más adecuadas para su uso en alimentos de textura similar a la carne.

Este hongo filamentoso se cultiva desde hace años en biorreactores industriales para obtener micoproteína, un tipo de proteína fúngica con alto contenido proteico y bajo nivel de grasas saturadas. A diferencia de otras fuentes de origen vegetal, su estructura en forma de fibras lo convierte en un candidato especialmente atractivo para desarrollar productos que imitan la textura de nuggets, filetes o tiras de pollo. Sin embargo, la producción actual sigue siendo costosa y exige un uso significativo de azúcares y energía, lo que limita su expansión en mercados masivos.

En el nuevo trabajo, los científicos identificaron dos genes que actuaban como cuellos de botella en la eficiencia del proceso. Uno de ellos regulaba la forma en que el hongo utilizaba las fuentes de carbono presentes en el medio de cultivo, mientras que el otro intervenía en la composición de la pared celular, rica en quitina. Utilizando CRISPR, procedieron a desactivar selectivamente ambos genes en distintas combinaciones para evaluar su impacto sobre el crecimiento, el consumo de nutrientes y las propiedades físicas de la biomasa resultante.

Los experimentos en biorreactores piloto mostraron que las cepas modificadas crecían de manera notablemente más rápida que el hongo sin editar. En condiciones controladas, las variantes optimizadas alcanzaron niveles de biomasa comparables usando menos azúcares y mostrando una mayor eficiencia en la conversión de nutrientes en proteína aprovechable. El equipo de investigación describió reducciones sustanciales en la cantidad de insumos necesarios por kilogramo de micoproteína producida, lo que se traduce directamente en menores costos de operación.

Además de la velocidad de crecimiento, la edición genética introdujo cambios en la textura del producto final. La reducción de ciertos componentes de la pared celular hizo que la micoproteína resultante tuviera fibras más flexibles y menos quebradizas, una característica clave para formular productos con una sensación en boca más cercana a la de los cortes de carne convencionales. Esto abre la puerta a una nueva generación de alimentos basados en micoproteína con una gama más amplia de aplicaciones culinarias.

El impacto potencial del enfoque va más allá de la escala de laboratorio. Los autores calcularon que, si la tecnología se aplicara en instalaciones industriales, podría reducirse de manera significativa el uso de tierra y agua en comparación con la producción de proteína animal. El cultivo de hongos en tanques cerrados elimina la necesidad de destinar grandes superficies a pasturas o a cultivos para alimento balanceado, y permite un control preciso de los flujos de residuos y emisiones.

Desde la perspectiva ambiental, la mejora en la eficiencia del hongo podría ayudar a disminuir la huella de carbono asociada a la producción de proteínas. La agricultura intensiva basada en ganado es responsable de una parte importante de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Si la micoproteína editada genéticamente logra consolidarse como alternativa competitiva en precio y calidad sensorial, podría contribuir a aliviar la presión sobre los ecosistemas y a diversificar las fuentes de proteína en la dieta humana.

El trabajo también plantea cuestiones regulatorias y de aceptación social. Los ingredientes derivados de microorganismos modificados mediante CRISPR están sujetos a marcos normativos específicos según la región, y su introducción en el mercado requiere evaluaciones de seguridad alimentaria rigurosas. Los investigadores subrayaron que la modificación se limita al hongo utilizado en los biorreactores y que no se introducen genes externos de especies distintas, lo que podría facilitar la evaluación por parte de las autoridades competentes.

Diversos especialistas en biotecnología alimentaria señalan que la experiencia de los consumidores con otros productos de micoproteína puede actuar como puente para esta nueva generación de ingredientes. Si se mantiene la atención en la seguridad, la transparencia y el etiquetado claro, el uso de hongos optimizados podría integrarse en la oferta de alimentos de origen no animal sin grandes fricciones. Al mismo tiempo, las empresas deberán explicar con detalle de qué manera la edición genética contribuye a reducir el impacto ambiental y no solamente a mejorar la eficiencia productiva.

A futuro, el enfoque podría extenderse a otros microorganismos utilizados para producir proteínas alternativas, lípidos y compuestos funcionales. La combinación de fermentación a gran escala y edición génica de precisión está configurando una nueva etapa en la industria alimentaria, en la que los biorreactores se convierten en auténticas “granjas celulares” capaces de generar alimentos con menor huella ecológica. El caso de Fusarium venenatum modificado se perfila como un ejemplo temprano de cómo la biotecnología puede transformar la forma en que se obtienen proteínas para una población mundial en crecimiento.