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Nuevas simulaciones reescriben el origen químico de la Vía Láctea

Una nueva investigación en astrofísica está obligando a revisar el relato aceptado sobre cómo se formó la Vía Láctea. Utilizando simulaciones numéricas de alta resolución de galaxias similares a la nuestra, un equipo internacional de científicos ha mostrado que la extraña división química observada en las estrellas del disco de la galaxia puede explicarse de varias maneras distintas, y no solo mediante una gran colisión con otra galaxia en el pasado remoto.

Desde hace años, los astrónomos saben que muchas de las estrellas que se observan en torno al Sol se agrupan en dos secuencias químicas bien diferenciadas cuando se comparan sus abundancias relativas de hierro y magnesio. Esa estructura, conocida como bimodalidad química, ha sido interpretada tradicionalmente como la huella de un episodio violento en la historia de la Vía Láctea: la fusión con una galaxia más pequeña que habría alterado la composición del gas y desencadenado una nueva ola de formación estelar.

Las simulaciones analizadas en el nuevo estudio, desarrolladas dentro de un universo virtual poblado por decenas de galaxias tipo Vía Láctea, muestran un panorama más matizado. Al seguir la evolución del gas y de las estrellas durante miles de millones de años de tiempo computacional, los investigadores encontraron que la aparición de dos secuencias químicas puede surgir de combinaciones variadas de procesos internos y externos, sin necesidad de invocar siempre una única gran colisión como causa principal.

En algunos casos, la bimodalidad se genera a partir de ciclos intensos de formación estelar seguidos de fases más tranquilas, en los que la producción de elementos pesados y su mezcla en el gas del disco se modifican de forma brusca. En otros, el flujo de gas desde el entorno de la galaxia introduce material más pobre en metales que alimenta una segunda población de estrellas con una firma química distinta. El resultado final es similar: dos familias de estrellas que comparten un rango comparable de metalicidad general, pero que presentan proporciones diferentes de magnesio e hierro.

El trabajo también reevalúa el papel de antiguas fusiones galácticas que, sin duda, formaron parte de la historia de la Vía Láctea. Las simulaciones indican que esas colisiones contribuyen a remodelar el disco y el halo estelar, pero no son la única vía capaz de originar la estructura química doble. En algunos modelos, la aportación de gas más simple y continuo desde el medio que rodea a la galaxia es suficiente para generar las dos secuencias, siempre que el ritmo de formación estelar y los episodios de enriquecimiento químico se organizen en el tiempo de manera adecuada.

Una de las claves del estudio es el uso de simulaciones que incorporan tanto la física de la gravedad y de la dinámica de fluidos como recetas detalladas para el nacimiento y la muerte de las estrellas. En este tipo de modelos, cada generación estelar devuelve al gas circundante elementos como el oxígeno, el magnesio o el hierro, procedentes de explosiones de supernova y de la evolución de estrellas de distintas masas. El balance entre la formación de nuevas estrellas y la llegada de gas fresco determina cómo se dibujan las trayectorias químicas en el disco galáctico.

Los resultados ayudan a interpretar con más precisión los datos obtenidos por grandes cartografiados espectroscópicos, que miden de forma sistemática la composición de cientos de miles de estrellas en la Vía Láctea. La combinación de observaciones y simulaciones permite reconstruir de forma más fiable la secuencia de eventos que dio lugar a la estructura actual de la galaxia, desde las primeras generaciones de estrellas hasta el patrón de órbitas y composiciones químicas que hoy se observa en el vecindario solar.

El trabajo sugiere además que la Vía Láctea puede no ser un modelo universal para todas las galaxias en espiral. En las simulaciones aparecen galaxias similares con historias químicas muy distintas: algunas muestran una bimodalidad muy marcada, mientras que otras presentan transiciones más suaves o patrones diferentes. Esta diversidad apunta a que la evolución galáctica admite múltiples caminos, condicionados por la cantidad de gas disponible, la frecuencia de fusiones menores, la intensidad de las explosiones de supernova y la acción de los campos gravitatorios del entorno cósmico.

Para la comunidad científica, las conclusiones del estudio abren nuevas líneas de trabajo. Por un lado, se vuelve aún más importante caracterizar con detalle la química estelar en diferentes regiones de la Vía Láctea, incluyendo el disco interior, el disco exterior y el halo. Por otro, se plantean campañas observacionales específicas en galaxias cercanas, con el fin de comprobar si muestran patrones parecidos de bimodalidad química o si siguen itinerarios evolutivos completamente distintos.

A medida que los telescopios espaciales y las futuras generaciones de observatorios terrestres aporten espectros más precisos de estrellas en nuestra galaxia y en sistemas vecinos, será posible contrastar con mayor rigor las predicciones de estas simulaciones. Si se confirma que varios procesos diferentes pueden conducir al mismo tipo de huella química, el origen de la Vía Láctea dejará de entenderse como la consecuencia de un único episodio dramático y pasará a verse como el resultado de una sucesión compleja de flujos de gas, brotes de formación estelar y encuentros gravitatorios que, combinados, dieron forma al hogar cósmico en el que se encuentra el sistema solar.

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